El Salto de la Princesa es un hermoso lugar a pocos minutos de donde vivo y lo acompaña una leyenda, como tantas que abundan en esta tierra generosa...
Cuenta la historia que en la época en que los mapuches habitaban estas latitudes había un cacique de nombre Huillical que quería tener un caballo, animal que era privilegio de los españoles, quienes llegaron a conquistar esta zona. Esto se transformó en su obsesión y debía ser blanco y a aquel que se lo trajera prometió en recompensa a su hermosa hija Rayén.
Rayén tenía su corazón entregado a un mapuche llamado Nahuelcura de una tribu enemiga y comenzó a sufrir por la idea de su padre. Él la consoló diciéndole que no se preocupara, que él traería el caballo blanco que tanto anhelaba su padre y de ese modo consumarían su amor para siempre.
Sin embargo, al amanecer del tercer día un relincho irrumpió la quietud del lugar. Quilacura, quien había amado en secreto a Rayén sin lograr conseguir su amor, traía lo que Huillical anhelaba. Entonces, cumpliendo su promesa, le ordenó que fuera a la ruca donde estaba Rayén y la tomara como esposa. Pero, ella ya no estaba allí; había huido con su amado Nahuelcura.
Su padre ordenó a la tribu ir en su búsqueda. Rayén y Nahuelcura corrierron sin descanso entre el bosque. Después de tres días, se vieron acorralados y su única salida fue un acantilado. Abrazados se lanzaron al vacío, jurándose amor eterno.
Allí nació una cascada de agua y se dice que en las noches de luna llena se ve a Rayén peinando su hermosa cabellera.